PEQUEÑAS HISTORIAS DE GRANDES REINICIOS: SWIPE A SWIPE

The Walk
PEQUEÑAS HISTORIAS DE GRANDES REINICIOS: SWIPE A SWIPE

Imágenes cortesía de TINDER.

Empezar de nuevo no siempre se siente como una explosión de color. A veces es lento, raro, incómodo… como volver a aprender a caminar en otra piel. En esta colaboración entre The Walk y Tinder, recopilamos historias reales —unas divertidas, otras caóticas, otras un poquito dolorosas— que marcan ese momento en el que alguien dijo: “Ya estuvo. Es hora de mirar hacia adelante”.

Y como el 14 de abril se celebra el Día del Ex, nos pareció la fecha perfecta para conmemorar no a quien se fue, sino a quienes decidieron volver a elegirse a sí mismos.

Aunque nadie nos enseña a superar un amor, hay algo mágico en atreverse a abrir otra vez la puerta, incluso si tiembla un poco la mano.

Sobre colágeno, Luismi, apps de ligue y los giros inesperados – por Dani MJ.

A lo largo de mi vida he llegado a una conclusión que, aunque no es muy popular, es bastante útil: toda historia tiene un final… incluso las que duran 35 años. Lo aprendí viendo a mi tía divorciarse. Sí, mi tía, esa mujer que conoció a su ex antes de que existieran los emojis y que juraba que Tinder era una bebida energética.

El divorcio, como muchos eventos traumáticos en esta familia, se celebró en una cantina. Hubo ronda de perlas negras, “No” y “Rata de Dos patas” como himno de la noche. Y sí, lo que empezó como una broma de mis primas y mía, acabó en: mi tía instaló una app de citas.

Vi a mis amigos gays instalarla con la velocidad del rayo McQueen, vi a mis amigas usarla con la determinación de quien busca comprar lo que sea entre las ofertas de verano. Pero verla a ella, una mujer que había compartido poco más de tres décadas de su vida con una sola persona, entrar en ese mundo fue… revolucionario.

“¿Y este es el famoso “colágeno” del que hablan? ¿Cómo le hago para encontrarme a Luismi?”. La verdad es que mi tía no buscaba una pareja. Buscaba algo mucho más difícil de encontrar: a sí misma. A esa mujer que se desvaneció detrás de la pantalla que transmitía el partido de los pumas de medio día. Y por más raro que suene, entendí, a veces para encontrarse una tiene que hacerse un perfil y preguntarse si realmente prefiere a alguien que diga “familiar y hogareño” o uno que diga “aventurero, una relación (pero no tanto)”, en palabras más sencillas: salir de tu zona de confort.

No encontró un colágeno, y menos a Luismi. Pero encontró algo mejor: un grupo de amigos con los que se encuentra en Mamá Rumba cada segundo sábado del mes, aprendió que le gusta meditar, que los jueves de pozole saben mejor con un acompañante de calidad y que no hay nada mejor que vivir la vida sin ataduras.


Empezar de nuevo, empezar a avanzar – por Kevin Gorian.

Soy un cínico en muchos aspectos, sin embargo, creo con firmeza en que el amor y la amistad se pueden encontrar de muchas maneras distintas.

También creo que las situaciones más extrañas de la vida llegan cuando más las necesitas, para levantarte del agujero oscuro y húmedo en el que te metiste (o en el que alguien más te puso). No porque esté escrito en las estrellas, sino porque... pasa.

Hoy me pongo en el lugar de narrador para contar una historia que es tan absurda como real, y que merece ser algo más que una anécdota perdida entre amigos. Es la historia de una persona muy cercana (llamémosle A.) que aprendió una gran lección sobre exes, apps de citas y canciones infantiles.

Conocer nuevas personas puede ser aterrador. Y más cuando acaban de tomar tu corazón de papel y lo hicieron mil trocitos, para después tirarlos al viento, libres para ver dónde caen. En el caso de mi amigo, esos pedacitos llegaron a Tinder.

Mi estimado compañero de aventuras se había mudado a una nueva ciudad por cosas de trabajo, una decisión que, como suele pasar, le costó su relación. Luego de descargar la aplicación y estar tonteando un poco por aquí y un poco por allá, hizo match con… S. Sí, le diremos S., una chica con la que pasó varios momentos agradables en su primer encuentro: pasearon, comieron helado de yogurt y él tuvo la oportunidad de descubrir un poco más de su nuevo hogar. La cita, como cabía esperar de un sujeto decidido y valiente y, quizá, solo quizá, un poco desesperado, terminó con un beso.

En la segunda salida hubo alitas de una cadena famosa que no destaca por su sabor, un posible pollo bailarín, una persona bastante segura de que era una experta en el tema de ser guía turística, y, claro, un motel. Era verano y hacía calor. MUCHO calor. Por eso, un consejo básico de este narrador: si vas a un encuentro apasionado en temporada estival, una ducha previa puede salvar más que tu dignidad.

Después del primer round, S. lanzó una pregunta inocente: “¿Cuál es la canción más rara que has escuchado mientras lo haces?”. A. respondió que ninguna, y eso pareció activar en ella una especie de reto interno. Agarró su celular, puso una pista en la fila, y bueno… empezó la segunda oportunidad de darle rienda suelta a sus pasiones.

Todo iba más o menos normal, hasta que... “Si tú quieres bailar, jugar, pintar, cantar, tú puedes venir a mi casa...”

S. seguía como si nada, completamente concentrada. Pero A., entre movimientos, no podía ignorar lo que estaba pasando. La voz infantil seguía: “Chipi, chipi, chapa, chapa… dubi, dubi, daba, daba...”

Y ahí estaba él, teniendo un momento íntimo al ritmo de una canción que probablemente fue escrita para preescolar. “Mágico, mi dubi, dubi. Bum…”

Esa noche, A. aprendió dos cosas:

Uno, siempre lleva tu propia playlist.

Dos, empezar de nuevo no significa que todo saldrá perfecto, pero sí que estás avanzando.

Y tal vez eso sea lo más importante. Porque, a veces, superar a tu ex no llega con un gran discurso o una escena de película… llega con alitas malas, calor infernal y una canción ridícula que, por extraño que parezca, te ayuda a reír, soltar y seguir adelante. Después de esa noche, A. siguió buscando, sin olvidar la maravillosa ocasión en la que “Dubidubidu” lo motivó a intentarlo de nuevo.


Manual de Supervivencia Post-Ruptura – por Mike MV.

Después de cinco años juntos, nuestra relación terminó no por falta de amor, sino porque simplemente no hablábamos el mismo idioma cuando se trataba de amar. Yo quería estabilidad, ella libertad. Yo soñaba con construir juntos, ella con no sentirse atada a nada. Y así, con el corazón hecho trizas y la autoestima en números rojos, volví al mundo de los solteros.

No sé si fue el despecho, el aburrimiento o la necesidad de recordar que existía vida más allá de mi ex, pero una noche, con una copa de vino y algo de drama de fondo, descargué Tinder. Al principio, todo me parecía una mezcla entre anuario y casting para un reality show: demasiados peces, demasiadas fotos en el gimnasio, demasiadas bios que decían “busco algo real” pero con cero esfuerzos para iniciar una conversación decente.

Pero entonces, algo cambió. Empecé a hablar con gente que veía el amor de formas distintas, que no tenían miedo de expresar lo que sentían sin el peso de los “para siempre” o los compromisos inquebrantables. Aprendí a fluir, a disfrutar las conversaciones sin analizarlas como si fueran señales del destino, a conectar sin expectativas, pero con autenticidad.

Un día conocí a alguien. No era mi “próximo gran amor” ni el reemplazo de mi ex, pero sí alguien que me enseñó a reír de nuevo, a hablar sin miedo y a entender que el amor no siempre es una ecuación exacta. Tinder no me dio la historia de novela romántica que esperaba, pero sí la lección que necesitaba: a veces, lo importante no es encontrar a alguien más, sino encontrarte a ti mismo en el proceso.


Es momento del Swipe – por Select Ishtar.

Swipe left, swipe right. Para un chico en búsqueda de conocerse, Tinder fue una pieza elemental. Pasé años teniendo citas, algunas se convirtieron en grandes amigos y otras en relaciones cortas sin relevancia. Hasta el día de hoy tengo grandes compañías, fruto de intentar tomarme en serio el conocer a alguien.

Dicen que hay que soltarlo para que lo agarre el universo. En algún momento, dentro de esos swipes, conocí un chico que me llamó la atención, ¿por qué no tener una cita con él? Platicamos por horas, nos despedimos y nos mandamos el codiciado mensaje de “me la pasé muy bien hoy, espero que se repita”. Si se repitió.

Salí de una relación antes de estas citas, no sabía qué me gustaba ahora o si seguía teniendo amor para dar, pero ese swipe me cambió la vida. Es raro, no teníamos las mismas ambiciones y yo caí por él, entendí que seguía deseando una conexión (y que las mejores citas son en los parques) y, por muy extraño que parezca, me conocí de nuevo.

Entendí que existe una maldición en cierto lugar de Coyoacán en las primeras tres citas y, en parte, me gusta tener algo para culpar por el fin de nuestra conexión. También comprendí que esa primera mirada, donde descubres la verdadera altura y lo bien que se ve en camisa, es lo que recordarás todo el momento cuando pienses en ese match.

Tinder me ayudó a conocer una persona que jamás podría encontrar caminando aleatoriamente por sus rumbos. De hecho, sigo paseando por ese parque y siempre tengo una sonrisa. No sé, tal vez espero que, con las mismas posibilidades que me lo encontré en la app, lo encuentre en mi camino de nuevo.


Cada historia aquí contada es una prueba de que el amor (o algo parecido) puede encontrarte justo cuando te das permiso de seguir.

A veces llega en forma de una conversación inesperada, una cita absurda o un playlist compartido que te hace reír otra vez. No se trata de reemplazar a nadie, sino de reconectar contigo. Y en el espíritu del Día del Ex, recordamos que no todo lo que termina es un fracaso. A veces es simplemente el principio de algo mejor. Swipe a swipe, día a día, memoria a memoria: el pasado se queda atrás, y lo que sigue (aunque incierto) siempre tiene espacio para empezar mejor.